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12 agua

Víctor M. Quintana S.

Este pareciera ser el sexenio del agua. Las últimas semanas ha habido tras­cendentes iniciativas y decisiones en torno al tema del agua por parte del gobierno federal: destacan los ocho proyectos prioritarios que deben ser concluidos para diciembre de 2023; entre ellos, el distrito de riego del pueblo yaqui, el proyecto Agua Saludable para La Laguna, el rescate del Lago de Texcoco, más los relacionados con presas y canales en Jalisco, Sinaloa, Nayarit y Campeche.

Son buenas noticias, indudablemente. En buena parte surgen de la respuesta a las voces, a veces airadas, siempre insistentes, de diversas comunidades y sectores sociales. Sin embargo, hay casos en que la justicia hídrica –por llamarle así– no se ve llegar en el horizonte porque no se escucha a quienes la demandan, o de plano porque quienes tienen derecho a ella han optado por los silencios. Así sucede con el agua de los pueblos de la Sierra Tarahumara: los rarámuri, los o’oba, los ódame, los warijóo.

Tal vez habría que decir mejor, el agua de la Sierra Tarahumara, porque ninguno de los pueblos anteriores le antepondría un posesivo a la naturaleza, que es de todos.

La paradoja, que raya en el absurdo, es que el agua que riega los fértiles y ricos valles del Yaqui y del Mayo, así como los distritos de riego del río Conchos y algunos del Bravo, nace en la Sierra Tarahumara y ahí, los pueblos indígenas carecen de ella, no sólo para regar, sino hasta para beber.

Varios factores hacen que el agua escasee en lo alto de la sierra e incluso en las barrancas: el cambio climático, la tala despiadada de los bosques y la devastación y la contaminación de los muchos proyectos mineros. Todo esto se agrava por la enorme carencia de infraestructura para siembra, cosecha, almacenamiento de agua, en toda la región.

Las sequías naturales se hacen más recurrentes por los factores anteriores y los habitantes de la Sierra Tarahumara son desplazados ya no sólo por la acción del crimen organizado, sino también por la falta de agua para sus familias, sus milpas, magueches, y para sus pequeños hatos. La estrategia de los rarámuris, desde hace varios siglos, es no confrontar, sino remontarse. Al llegar los españoles ellos vivían sobre todo en las vegas de los ríos, y ante la codicia de los colonizadores antiguos y modernos optaron por el silencio y lo más inaccesible de los montes.

Hay que escuchar esos silencios ahora, así como las protestas y denuncias que aumentan día con día. Los rarámuris son uno de los pueblos indígenas más excluidos, en mayor pobreza extrema, y la reivindicación de ellos debe comenzar por hacer efectivo su derecho humano al agua. En eso los gobiernos han sido omisos y hasta cómplices de la depredación y el despojo.

No es tan difícil. No se requieren las grandes obras de infraestructura hidráulica, grandes presas, grandes canales. Lo primero que el gobierno federal debe hacer es detener la tala clandestina y la devastación y contaminación provocadas por las empresas mineras. Sería un buen comienzo.

Lo segundo debe ser trabajar comunidad por comunidad para que ellas vayan diciendo qué pequeñas obras requieren para recuperar sus manantiales y ojos de agua, para construir presones y obras de captación y almacenamiento. También junto con ellas, las diversas instancias de gobierno deben planear obras para conservación del suelo, construcción de curvas de nivel en las montañas.

En la reforestación hay que tener mucha cautela. No se puede trasplantar, así como así el programa Sembrando Vida; hay que adaptarlo a las características agroecológicas, climáticas y culturales de la Sierra Tarahumara. Hay que tomar en cuenta las experiencias exitosas de conservación y aprovechamiento del bosque, aquí mismo, no en otras latitudes. También los usos y costumbres de las comunidades en la posesión y uso de la tierra.

Los pueblos de la Sierra Tarahumara no son mexicanos de segunda o tercera clase. El gobierno debe hacer efectivo su derecho humano al agua. Al hacerlo, a la vez que hace justicia, estará cumpliendo aquel viejo, pero muy certero propósito que Manuel Bernardo Aguirre le fijó al Plan Benito Juárez: Retener el agua, cultivar la tierra, arraigar al hombre. No sólo eso: regenerar el medio ambiente, ríos arriba, tiene efectos muy positivos a lo largo de toda la cuenca.

Si los rarámuris y otros pueblos de la sierra tienen más y mejor agua, sus primos los yaqui y los yoreme, río abajo, también tendrán más y de mejor calidad. Ojalá la Semarnat, Conagua, CNPI, Profepa y todo el gobierno sean sensibles a estos ­silencios.

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